Desde la playa…
José Miguel Herrera Romero
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| Mis padres, mis héroes. Foto generada con inteligencia artificial |
Hace años, siendo mis hijas muy pequeñas, hicimos un viaje familiar a Mazatlán. Allí nos llevaron a una bahía, con plácidas aguas y con un islote a lo lejos. Allí se puede hacer snorkel, nadar, kayak, juegos de playa… Escogí el Kayak.
El macho que todos llevamos dentro me dijo: “a ver hasta dónde puedes llegar…”, y el burro de mi obedeció sin rechistar. Llegué hasta el islote.
Allí, solo, todo era paz. Al voltear a la playa las personas parecían un puntito. El mar era trasparente, se podían ver enormes rocas debajo de mí. Intenté alcanzarlas con mi remo, ¡pero la transparencia del mar es engañosa! Casi volteo el kayak.
De nuevo el macho que llevamos dentro, me volvió a desafiar: “vamos a darle la vuelta al islote, ¡ándale!” y el burro de mi… se detuvo. Por esos años, un amigo viejo, Armando, me platicó que en mar abierto uno queda a merced de las olas ¡y de las mareas! La vulnerabilidad humana queda expuesta. De ahí que navegar entre pairos y derivas, según canta Fernando Delgadillo, sea menester.
Ante la seducción del mar logré parar: aunque yo estaba en aguas calmadas, no sabía de las corrientes ni mareas del otro lado. En debate silencioso transcurrió un rato y en un triunfo personal mandé al macho a la banca y me regresé, no sin que antes me desafiara a regresar sin parar… ¡Llegué exhausto!
Esta aventura sobre el mar y su misterio viene propósito de las últimas semanas con mi padre, en que, abrumado por su inminente partida, salí a caminar, llorando, mientras hablaba en voz alta: —“¡ya no te puedo seguir! ¡Ya no puedo ir a donde tú vas!”—. Me detuve en una capilla, donde por fortuna no había más que silencio y entré.
Tratando de relajarme saqué el celular y apareció un cuadro al óleo, donde unas olas rompían suavemente en la orilla del mar. Destacaba la espuma de las olas, pintada con una técnica de capas gruesas de pintura (empaste) para crear texturas y volumen. Parecía que la espuma salía de la pintura. A lo lejos, el artista puso un velero.
¡Esto es lo que siento!, me dije sin dudar. El cel hizo actualización y la imagen desapareció. No la he vuelto a encontrar. Sólo quedó la paz.
De manera análoga, cuando nuestros queridos se van, en su velero personal, haciéndose a la mar... Es su viaje, su partida, mientras, quienes nos quedamos en la playa nos toca… quedar en este lado, en tierra firme; nos queda, la belleza de la vista, las olas, la brisa, el horizonte vacío sin navío a la vista... ¡Qué desgarrador!
En torno al año 2000 el Card. Roger Echegaray escribió un texto que invitaba a asumir con valor los retos del tercer milenio “¡Duc in altum!”, que es un latinajo que significa rema donde es más hondo… Es un acto de valentía y confianza en el viaje personal, con impacto en la comunidad.
Ahora entiendo que es de valientes lanzarse a la aventura y, a la vez, también es de muy valientes (que no machos) respetar a los viajeros y dejarlos partir: a los hijos, a los amigos, a los hijos que no nacieron, a los primos, los abuelos, los padres…
En mi caso, cuando me despedí de mi padre, sólo pude decir “¡Duc in altum!”, y salí en un alarido desgarrador, según me cuenta mi hija.
Decimos que la muerte es una realidad que nos rebaza… Irrumpe con ella la partida de los que amamos y, con ellos, algo nuestro muere también: el hijo, el cuidador primario, el administrador del hogar y del patrimonio, ya no están. Y eso nos revela vacíos ante el espejo.
Nos quedamos en la playa, llorando, recordando, haciendo acomodos, reacomodos, trámites, tratando de comer, de dormir, de planear sin ánimos… Desde acá también vivimos la inmensidad del mar, que nos conmina a sanar desde dentro. ¡Qué importantes son pausar, la soledad y el silencio en un duelo!
Así, si fuéramos griegos, seríamos fans de Platón, que invitaba a una "segunda navegación" (deuteros plous). Esta es una metáfora filosófica que indicaba transitar de una fácil navegación con viento a favor, a utilizar los remos cuando se requiere: un duelo es momento de dejarnos atravesar por la muerte, la vida, la familia, los sentimientos, lo que muere y lo que queda en cada uno… Sólo al tocar fondo podremos emerger renovados. ¡Imagínense aprender a descubrirnos como primordios o plántulas…! Prometo contarles de ello próximamente.
Hoy mis padres, viajeros en altamar ya, me convidan enseñanzas desde nuevos puertos mientras yo, con lágrimas y la cabeza y el cuerpo vueltos locos y profundamente triste, me doy tiempo, para dejar que emerjan nuevos equilibrios. Lo merezco. Eso me enseñaron a su modo.
Mientras tanto, gracias por la aventura, Fernando y Conchita, mis queridos padres

La muerte, el último gran misterio de la vida. Vivamos sin temor a la muerte para no temer a la vida, es inevitable.
ResponderBorrarVivir como si fuera el último día, vieja frase.
Felicidades Miguel!
ResponderBorrarExcelente texto.