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¡Ya con 91!

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José Miguel Herrera Romero Fotografía: María Herrera Romero —Nunca había conocido un cerebrotónico tan simpático como tú—. Creo que es el mejor piropo que me han dado en muchos años. Me encanta esta frase porque, entre otras cosas, me recuerda que soy hijo de un nerd. Si, mi padre, un lector empedernido y apasionado de muchos libros, todo lo quería saber. Como sucede con quien estudia mucho, mi padre, hombre simpático, educado, sabio, generoso, amable… Tenía sus vicios. En su caso, me resultan muy... particulares. Cuando yo estaba recién egresado de la Licenciatura, iba con mi novia a una librería (¡pero a quién se le ocurre un romántico paseo a una librería!). Y, ¿a quién creen que me encontré? Claro, al ingeniero Herrera, perdido en el goce de la lectura.  Por supuesto, era amigo del pbro. Basilio, un cura muy particular que se dedicó a promover la lectura con su librería ubicada en Clavería. Pues ese proyecto era un antro de perdición para mi padre. Mi madre nos contó alguna vez...

¡Es la onda!

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Para Itzel, Lídice, José Luis, Javier, Ernesto, Gabriela, Alexa y muchos otros maestros que en 2022 transformaron mi vida.  José Miguel Herrera Romero Playa del país vasco, en la Gascuña Francesa La maestra Laura Atzel es mi compañera de trabajo, una de muchas que, con muchos ánimos, pasión y, sobre todo, con preparación, con su talento, intuición y con una chispa de alegría, siempre mantiene el ánimo elevado. Con una compañera tan inteligente, organizamos juntos tertulias en las que compartimos experiencias. Ya sea en casa, un café, un restaurante, entre silencios, comentarios y anécdotas, siempre me regala frases que inspiran. —"¡Ser docente es la onda!—, me dijo una vez, con simpleza y a la vez de modo contundente. — "Porque hace sacar lo mejor de nosotros mismos, de otra manera los estudiantes no aprenden"—. Quedé estupefacto. En la impactación, diría ella. Si, entre las bellas frases que utiliza, recurre a expresiones con chispa que llenan de magia la contundencia d...

El síndrome de la chiva

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José Miguel Herrera Romero La cabra Cornelio, en San nicolás Totolapan, CDMX, Una nimal del siglo XXI, claro. Hubo una vez un grupo de niños que iban a una bodega. Allí, entre envases de refrescos, cajas estibadas de quién sabe qué cosas guardadas, a veces escondidos de los adultos cual duendes y, en otras ocasiones muy claramente a la vista de ellos, esos pequeños rufianes vivían aventuras maravillosas, muy propias de su infancia.  Esos chicos eran mi padre y sus hermanos y, ese lugar, era el negocio de mi abuelo y, supongo que con ese derecho, hacían del lugar un laberinto genial para su creativa imaginación, lo mismo que espacios misteriosos para guerreros dispuestos a esconderse o bien, para hacer carreras… Las mieles de la infancia. ¿Se imaginan cartones de refrescos y cervezas estibados, productos de abarrotes, haciendo barricadas? Los que pudimos imaginar estamos en gracia y ya no tenemos problema. Hay que animarse a imaginar. Y como en toda aventura, como si juntos hicieran...

Un zorro hablando en francés

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José Miguel Herrera Romero Empacando para la mudanza Para mi querida Gabrielirrificus  Había una vez… En el cuento del principito, escrito por Antoine Saint Esxtupery, Hay un capítulo donde el pequeño príncipe descubre a un zorro. Y lo quiere tocar. —¡¡No! — Impone un mexicanizado zorro, amenazante... Si te acercas te… te voy a morder, ¡te voy a morder!  Justo así me suceden chispeantes alegorías, estos días que cambio de domicilio. Son agotadoras jornadas con estrés que suma a las cargas de trabajo. Es la mudanza, cierres en conexiones personales, despedidas y duelos que acompañan toda transición, el pésimo servicio de internet que hay que cambiar… En los nuevos lares por descubrir es perfectamente claro cómo la gente mira feo a los desconocidos, rechazan conversar o ni los buenos días ofrecen. Incluso responden un casi amenazante estoy ocupado, cuando sólo preguntaba por un domicilio. —¡Es que no te conozco!—, dirá el zorro si fuera mexicano. Aaaaah. Eso explica todo y, si l...

¿Y si me dejara tocar?

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José Miguel Herrera Romero Estimados lectores, muchas gracias por su pacienda. Aquí ando nuevamente Imaginen esta película: La pianista, a punto de iniciar su interpretación, se queda con los dedos paralizados.  La jueza Fiona Maye daba un concierto navideño que, por una carta recibida unos instantes previos al comienzo, le ha cambiado el semblante. Entre el público, su esposo contempla emocionado que algo ha sucedido en la mujer que ama. Por los gestos de la protagonista, es fácil imaginar que la mente de la pianista ya está fuera de aquella sala, donde un auditorio espera, paciente, que comience su interpretación.  El recital tiene un giro inesperado, pues la jueza Maye cambia, sin previo aviso, la pieza que se iba a interpretar, por una canción diferente. Mientras ella canta, el portero, fumando un cigarrillo desde afuera, queda sorprendido, pues llega hasta sus oídos la melodía que le impacta tanto, que suelta el cigarrillo para acercarse a escuchar... ¿Qué decía la carta,...

Todos a la mesa… ¿incluidas ellas?

 José Miguel Herrera Romero Me preguntaron hace poco cómo explicaría la inclusión. La pregunta sucedió en el contexto de un encuentro de docentes de bachillerato de distintos sistemas y estructuras de preparatorias, organizado por la Subsecretaría de Educación Media Superior del Edomex, en coordinación con fundación Share y con integrantes de Organizaciones de la Sociedad Civil, OSC. El cuestionamiento sucedió en la hora de la comida, así que de inmediato tomé la alegoría de la mesa y lo conté en primera persona: Imaginemos, por un momento, que la inclusión es como tener por objetivo que todos podamos comer en mesa. Entonces tendría qué preguntarme primero: ¿Qué tareas tendría por realizar para que esto sea posible? Si pretendo ser congruente, tendría que partir del lugar: ¿qué modificaciones hacen falta para que, por ejemplo, pueda venir a comer una persona en silla de ruedas? ¿Le van a servir la comida a un viejo?, ¿cuál tendría que ser el menú, o habrá varios?, ¿la mesa tendría ...

Una historia de hospitales

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José Miguel Herrera Romero   En una sala de emergencia de hospital: —Paciente femenino, 85 años, hipertensa, con posible evento cerebro vascular—. Se sintió emocionante pronunciar la frase, semejante a los programas de televisión. —Señor, no puede entrar así y menos sin cubrebocas—, reviró la enfermera, mientras su comentario me devolvía a la realidad. —Atiendan a mi madre, voy de inmediato por eso—. No tardé más de 5 minutos en correr a la tienda de la esquina para conseguir el mentado requisito para que la ingresaran y regresar. Cuando entré de nuevo a urgencias, ya le habían puesto uno, habían tomado signos vitales y la movían a una silla de ruedas para llevarla a atención prioritaria. Y de inmediato a los cuestionarios para completar el trámite de ingreso: —¿Patentesco?—. —Es mi madre—. —¿Qué Medicamentos toma?—. De inmediato mandé mensajes a mis hermanos, para pedir la lista de los medicamentos, que por la urgencia del momento olvidé. Fernando, un solidar...